Viajando como un caracol

Viajando como un caracol

Hay quien adora la aventura y para quien un viaje, sea del tipo que sea, es una experiencia excitante llena de ventajas y nuevos descubrimientos y yo, aunque todo eso lo entiendo perfectamente, me agobio nada más de pensar que pueda faltarme algo que necesite o que no pueda tener mis momentos de relax e intimidad en el cómodo interior de mi casa. Y es que, seamos sinceros, por muy genial que esté un hotel, jamás será como nuestro hogar.

En una ocasión, una conocida llegó a insinuar que tenía cierto grado de agorafobia y a pesar de que no creo que sea ese el caso por muchos motivos, ni es un tema que me quite el sueño ni tengo ninguna intención de solucionarlo. Me gusta la seguridad de mi hogar y me encanta salir a disfrutar pero sabiendo que después voy a regresar, de nuevo, a esa seguridad.

Debido a eso puedo contar los viajes que he hecho con la palma de mi mano. Una vez fui a París, porque mi pareja estaba tan empeñada en ir que no tuve más remedio, en otra ocasión visité Roma con mis padres siendo aún adolescente y con el colegio fui de viaje a Andorra, para aprender a esquiar. De España conozco mi pueblo, otros tantos de alrededor, Albacete (donde voy a menudo a hacer compras especiales) y poco más pero, a partir de ahora, eso va a cambiar.

Mi nuevo novio, que es un encanto, ideó un viaje sorpresa este pasado puente del pilar para conocer Sevilla. En cuanto me enteré de sus planes, dos días antes, le dije que no pensaba moverme de casa y que no me gustaban los viajes, mucho menos con tan poco tiempo para prepararme, pero él sonrió y me dijo que había encontrado la solución perfecta para mi problema, una solución que os traslado a todos los que, como yo, queráis tener las comodidades de casa y la privacidad que esta aporta sin sentir que estáis en una habitación ajena en casa de un desconocido (que es más o menos como me siento yo en un hotel). La solución es viajar como caracoles, con la casa a cuestas.

Caravana, carretera y manta

Lo tenía todo preparado, alquiló la caravana en Caravanas Cruz y se encargó de que estuviera equipada con todo lo que sabía que yo iba a necesitar. De lo único que tuve que preocuparme es de hacer la maleta, nada más. El viaje fue cómodo, parando cada dos horas como marca la DGT y bebiendo bebidas azucaradas que, con este calor que ha hecho, no nos ha venido nada mal. Condujo él todo el camino porque yo no me atrevía a llevar remolque con caravana y la verdad es que, a pesar de que pensaba que llegaría reventado, no lo hizo. Más bien llegó a Sevilla pletórico de emoción.

Aparcamos “la casita” en un camping bastante cercano al centro de la ciudad. Tardábamos, a penas, 15 minutos en llegar para hacer las típicas excursiones de guiris y unos 20 minutos en volver a la caravana porque la carretera de vuelta se desviaba ligeramente. Contrató dos visitas guiadas con Visitours, una agencia especializaba en turismo receptivo en Andalucía que nos ayudó a hacer más mágico nuestro viaje y, lo mejor de todo, es que cuando acababa el día regresábamos a un sitio que era nuestro, en el que no había entrado nadie durante nuestra ausencia y en el que estaba todo lo que yo necesitaba.

No os voy a decir que fuera maravilloso pero he de reconocer que la privacidad que aporta la caravana, sabiendo que tienes en ella todas tus cosas y que es “tu casina con ruedas”, ha hecho que me plantee la posibilidad de viajar un poco más. Poco a poco y sin abusar pero… un poco más.